Hay confusión
dónde no debería. Polémica dónde si debería, pero con argumentos
contradictorios. Malasia, al parecer,
tiene la sana costumbre de dejarnos tela para cortar. En 2012, trescientos
sesenta y cuatro días antes, nos quedaba la extraña sensación de la oscura
sombra de la duda ¿Hubo orden de Ferrari
a Sauber? Buena parte del año se
polemizó con ello. Argumentos no faltaban. Los de Maranello sellaron el antecedente en 1997, cuando el equipo suizo
portaba motores Ferrari y partió la directiva desde la cúpula de Il Cavallino para ayudar a Schumy en su lucha personal contra el
William de Jaques Villeneuve. La
jugada resultaba extraña, por la etapa inicial de la temporada 2012, no así por
las circunstancias. Pero más allá de las dudas, la tensión de las vueltas
finales, con un Checo Pérez
acariciando la gloria y un Fernando
Alonso produciendo el milagro, hizo de Sepang,
la válvula que disparaba una bocanada de aire fresco para el resto del año.
En 2013, la
sospecha no es sobre órdenes, todo lo contrario: Desobediencia. Los de Milton Keynes vienen sufriendo con el
rendimiento de los Pirelli, al punto
de utilizar la primera parte de la sesión de la tercera prueba libre para un long run. Fue la razón por demás
suficiente para asegurarse una victoria sin sobresaltos, dejando las cosas como
venían –Webber primero, Vettel segundo– evitando luchas
fratricidas que comprometieran el rendimiento y el resultado final. Fuera Alonso –el único que podría haber
comprometido la estrategia– en el inicio de la 2º vuelta de un total de 56 y Ross Brawn aplicando una estrategia
discutible –evitando por todos los medios que Nico Rosberg vaya en procura de los RBR para preservar el podio de Lewis
Hamilton–, Horner y Newey con el australiano delante del
pelotón, aseguraban la ventaja sin sorpresas hasta la bandera a cuadros, pero…
Siempre hay un pero, máxime cuando en
las filas está el joven tricampeón mundial. El mismo que en cuanto Horner le dice que administre las
vueltas finales –por el resultado y por la diferencia a quién le secunda–,
clava un record de vuelta. Ya manifestó Gerhard
Berger cuando trazó una pincelada sobre Ayrton
Senna, al sostener que los campeones son extremadamente egoístas. Dicho en
criollo, ¿qué puede hacer un zorro en un gallinero, más que ver a la aves como
presas?
Ahora bien. Como
será de confuso el hecho que hasta hay dos circunstancias diferentes y opuestas
en el mismo evento. Una: la desobediencia de Vettel, la otra: la obediencia de Rosberg. Estar a favor de uno, automáticamente implica oponerse al
otro, con un agravante: Siempre se condenaron las órdenes de equipo. Aquel
mamarracho estratégico en Austria, en el A1-Ring, dónde hasta llegaron a
amenazar el futuro de Rubens Barrichello
con tal que este cediera el primer lugar al múltiple campeón Michael Schumacher, fue el colmo de la manipulación –con Ross Brawn a la cabeza– y la consecuente
condena de la opinión pública. Más tarde en 2010, otro brasilero, Felipe Massa, sufría una orden similar
–Fernando es más rápido que tu– en el GP alemán.
Pongámonos de
acuerdo. ¿De que lo acusamos a Vettel?
De egoísta, de traidor, de mal tipo, de qué… Un campeón lo es por
determinación, por talento y por la comunión con el equipo, o lo mismo que decir
liderazgo. Vettel es líder. Schumacher es líder. Senna era líder. Distintos, pero con un
denominador común: Hambrientos e insaciables. Que quiere decir Jhon Watson con aquello que deberían
suspenderlo por algunas carreras, ¿una penitencia?. Y Niki Lauda quien sostiene que no tiene códigos y de nada sirven las
disculpas, justamente dicho por alguien que abandonó el equipo Brabham en los entrenamientos de Montreal de 1979. El que esté libre de
pecados que tire la primera piedra. Por caso Webber, ¿se olvida que en Interlagos
2012 fue uno de los que puso en compromiso la corona del alemán demostrando
nada?
Cuando el
magistral Ayrton Senna en octubre de
1990, desparramó en la primera curva de Suzuka
a Alain Prost, todo el mundo convino
en manifestar que se había hecho justicia, en función de lo acontecido en la
definición del año anterior a favor del francés. ¿Hoy que diríamos? Que Senna es mal tipo, que no es saludable
tomarse la justicia por mano propia.
Qué extraño, que
la opinión pública ávida de gestos por fuera de lo políticamente correcto,
condene a Sebastian Vettel. Los que hubiéramos
deseado un mundo paralelo para gozar de la desobediencia de Barrichello y Massa, terminamos reprobando al germano, con la absurda
contradicción que en un mismo suceso, hubiéramos querido la desobediencia de Rosberg. ¿Existe algún argentino que
condene la determinación de Carlos A.
Reutemann en Jacarepaguá ’81
desobedeciendo la famosa orden del equipo William
a favor de Alan Jones?
La definición
“…Senna era extremadamente egoísta. Como debe ser: no puedes ser un campeón
mundial y ganar carreras siendo un buen tipo…” expresada por Berger[i],
haciendo referencia al comportamiento en pista del más grande de todos los
tiempos, hecha luz sobre los motivos que suelen tener los campeones. No existe
el mundo perfecto, ¿por qué habríamos de exigirle a alguien serlo?
Los intereses de
los equipos, atados a patrones económicos y comerciales, son opuestos a los del
público. Dejémosle a ellos los gestos políticamente correctos, que sin
espectáculo no hay público y sin público la Fórmula
1 no existiría.
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