Mi origen argento, no admitía en
aquellos años ’80, la posibilidad de considerar un deportista brasilero entre
las simpatías más representativas en las que un mortal se podía reflejar. Y el
gran Ayrton Senna Da Silva no fue la excepción.
Gracias a Dios la madurez
neuronal permite asumir los yerros del pasado, para terminar de conciliar –por
el bien de uno mismo– lo que la estupidez no permitió en su tiempo.
Y realmente hay que ser estúpido
para intentar desconocer lo que era un hecho contundente. Pero hay que
reconocer que era ingenioso en los argumentos. Por aquel entonces mis gustos
posaban sobre la conducción de Alain Prost, y en algunas ocasiones, bajo
algunas circunstancias en las que no me detenía a investigar, el gran Ayrton me daba letra. Recuerdo aquella
carrera de Monza del ’88 cuando quedó colgado en la chicana o la de Mónaco del mismo año impactando en Portiere. Era suficiente leña para armar
una fogata hasta la próxima desventura del brasilero, que para mi gran pesar,
eran pocas.
Sin embargo, las críticas y
argumentaciones a favor del pensante francés y en detrimento del arrogante
Ayrton, se desestabilizaban un tanto cuando las cámaras de TV mostraban la
grilla, con los autos en posición de largada y los pilotos dentro, a cara
descubierta sin los cascos protectores. Cuando
la imagen de Ayrton se adueñaba del primer plano, su carisma y su ángel
reflejado en esa expresión única, desnudaban toda la humanidad de ese personaje
rayano a la ficción. Evitaba por todos los medios el contacto visual, cual
vampiro escapa a la luz diurna, al ajo o a los crucifijos. No ponerle rostro al
Mclaren MP4/4 y simplificar el pilotaje a un simple brasilero, me hacia impune
con las criticas, más aún cuando estaba respaldado por el beneplácito de otros,
que como yo, tenían los mismos argumentos.
Tal vez estimado lector, piense
si este humilde escribiente tiene algo de vergüenza en sus entrañas. Y le
afirmo entonces, que sí. De otra forma no podría sincerarme. Reconocer que uno
estuvo equivocado –valga lo moderado de la expresión– es buen comienzo, y eso…,
no se puede negar.
Con el transcurrir del tiempo –el
mismo que bien administrado nos evita un montón de humillaciones– la ignorancia
fue canalizándose hacia el respeto de la figura eximia de Senna. Si bien era
irreverente y estúpido desconocer la magnitud de su personalidad, no voy a
decir una cosa por otra. A esa altura hubiera sido demasiado hipócrita caer
seducido a sus pies y reconvertirme del máximo detractor en el primer defensor
de la causa Senna. Siempre habría un superhéroe que luchase infructuosamente
contra la superioridad avasallante del gran Ayrton. Es entonces que uno echaba manos
a Nigel Mansell, por ejemplo. Recuerdo bien aquel Mónaco del ‘91, dónde el
británico construía el triunfo holgadamente, hasta que un pinchazo lo obligaba
a resignar la punta a poco del final. No otro que Senna, pudo haber controlado
un acoso que hasta el día de hoy no he vuelto a ver sobre pista alguna. Mientras
Senna elevaba el trofeo, fresco e inmutable como un semi dios de la antigua Grecia,
Mansell por su parte, no podía salir del asombro ni de su agitada respiración,
contemplando la figura imbatible de su rival. Ese sería el año del último
título de Ayrton Senna.
El placer de verlo a Ayrton sin
condicionamientos, recién pudo ser posible en la temporada de 1993. Aquel
Mclaren MP4/8 motorizado con un flaco Ford Cosworth, no era lo que fueron sus
antecesores y solo la brillantez de un genio podía prometer esperanzas y dignidad.
Fue el año del retorno de Alain Prost sobre el imbatible Williams FW15C Renault
y al mismo tiempo de la proeza en el Donington Park, que largando cuarto a más
de un segundo de la pole, llego en punta en la primera vuelta al circuito luego
de quedar quinto en la primera curva, siendo el inicio de un humillante día
para el francés. Ese año logró imponerse en Interlagos, Suzuka y Adelaida, una
buena cosecha aunque insuficiente para superar el rendimiento de los Williams
Renault.
Al año siguiente, un primero de
mayo, Ayrton haría la última maniobra hacia la inmortalidad. Muchos sostienen
que la muerte purifica a las personas, las tiñe de un blanco inmaculado. No es
el caso de Ayrton Senna Da Silva. Párrafos atrás, hice alusión a su carisma, a
su ángel y eso es algo que solo se proyecta desde el alma. Entre sus rivales,
hay quiénes lo admiraron por su destreza, pero más aún lo respetaban y lo
amaban por su persona, por su don de gente. Comprometido con su tiempo, hizo
posible que muchos niños brasileros superaran el analfabetismo y vieran un
horizonte más prometedor a través de la Fundación.
También hizo valer su respeto con aquellos que lucraron con el pellejo ajeno y
aunque no fue suficiente para evitar su propia muerte, fue el comienzo de una
fórmula 1 más segura, donde la vida vale más que un puñado de dólares.
No haberlo disfrutado por su
destreza y sus logros deportivos es de lamentar, pero hubiera sido más
imperdonable no haberme dado cuenta de esa imagen diáfana, con la que tanto
miedo tenía de quedar seducido, exponiendo el alma y los verdaderos valores del
ser humano. Nunca es tarde para reconocer a un grande… Ayrton Senna Da Silva,
piloto de fórmula uno único y mejor persona…
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